Devolverles la voz que el olvido les quitó

Facultad de Ciencias Humanas

Devolverles la voz que el olvido les quitó
Jueves, abril 6, 2017

#historiasUCU

"La Historia es como ponerse lentes 3D: ves el significado y el espesor de cada hecho, de cada personaje”, afirma la Dra. Ana Ribeiro

Ana Ribeiro se presenta en el mundo como historiadora. De sus múltiples facetas profesionales, esa es la que mejor la define y la que considera su “cocarda más elevada”. Con su labor busca tender puentes entre dos mundos que no siempre están en sintonía: la rigurosa academia y la comunicación llana. Apasionada por la investigación, defiende la importancia de la Historia como lente imprescindible para entender el presente. En esta entrevista, la directora del Instituto de Historia reflexiona sobre su trayectoria —llena de sorpresas y aprendizajes—, los desafíos personales y profesionales, el rol de las mujeres y las cosas que la inspiran a trabajar con la misma intensidad del primer día.  

 

¿Qué cosas de las que has logrado en tus más de 30 años de trayectoria te sorprendieron más?

Te diría que casi todo, porque cuando me recibí de licenciada en Historia —que mi padre siempre me preguntaba para qué servía eso— tenía claro que quería hacer investigación, pero también lo difícil que es hacerlo en este país, así que me preparé para ser docente. Cuando finalmente pude hacer investigación… es un camino que no tiene retorno, es fascinante. En investigación siempre estás descubriendo cosas nuevas. Entonces, me sorprendió poder hacerlo. Me sorprendió que me dieran las fuerzas para guardar un espacio en mi vida para acumular conocimiento y horas de archivo, de biblioteca. Y que después todo eso cuajara en libros. Luego, cuando ya tuve financiamiento para mis viajes de investigación, descubrí otros mundos. El nivel con que se hace investigación en Europa me sorprendió muchísimo. En la docencia fue una sorpresa entrar a la enseñanza de tercer nivel, porque comencé en Secundaria, y acceder al área de la comunicación, de la filosofía, de las ciencias sociales… todos esos trasvases han sido siempre un camino de aprendizaje. Y el más reciente es dar clases con otro docente, compartir el aula, y trabajar sobre el análisis contextual —por lo tanto, histórico— de las noticias. Eso implica trabajar a diario con los hechos en carne viva.

¿Te permitió combinar tu faceta de historiadora con tu trabajo en el área de la Comunicación? 

Me muevo con mucha comodidad, tanto en Historia como en Comunicación, voy de una cosa a la otra. Si en algo se sintetizó eso es que he profesionalizado mucho el comunicar los conocimientos históricos. A veces hay una disputa entre la divulgación y la academia, que es más rígida, más dura, que parece que no tiene que facilitar la comunicación sino hacer una comunicación elevada entre pares. Y yo puedo hacer esa comunicación elevada, pero siempre tiendo a llevarla al llano, distribuir el conocimiento. Porque lo más generoso y vital para el conocimiento es que se difunda

De hecho, recibiste una distinción académica de primer nivel en Salamanca por una tesis doctoral que luego se editó como libro en Uruguay y ganó un premio Bartolomé Hidalgo. Son dos reconocimientos al mismo trabajo, de órbitas diferentes.

Sí, la tesis obtuvo el Premio Extraordinario en Historia en la Universidad de Salamanca, y así como estaba —no se le cambió prácticamente nada— se publicó como libro [Los muy fieles. Tomos I y II] que se vendió muy bien entre el público general.

¿Ese tipo de distinciones son una validación de tu trabajo?

La vida académica tiene sus jalones y méritos, a los que hay que llegar. En determinado momento venía muy bien en materia de libros y ventas, hacía programas de televisión difundiendo saberes, y recuerdo que me contacté con un historiador brasileño que pidió hablar conmigo porque había leído El caudillo y el dictador. Él me dijo: “ah, pero usted no es doctora… usted tiene que hacer el doctorado, porque es lo que viene en el mundo académico”. Y ahí lo sentí claramente: el mundo de la academia va hacia ahí y no hay pretexto. En los últimos años invertí mucho tiempo y dedicación para completar el mérito académico. Muchas veces pendía sobre mi cabeza aquello de “ella hace divulgación”, como si fuera una cosa menor o no implicara una investigación seria, eso siempre me enojó. Entonces, ahora cumplo con todos los requisitos, pero siempre que puedo vuelvo a la divulgación, porque es algo muy querido para mí, algo que tiene un retorno afectivo muy importante de la gente. Y, además, porque me parece que es peligroso el divorcio entre lo que se divulga y lo que la academia está investigando; siempre tiendo a que esa brecha se achique lo más posible. 

¿Qué te motiva a iniciar un tema de investigación, a elegir un tema en el que después invertirás años de trabajo?

Encontrar un factor sorpresa, que es como un prendedor: hace clic y ya no podés sacártelo. En un momento me sorprendió el personaje de Artigas y todo su entorno; años más adelante, me sorprendió el dictador al cual le pide permiso para entrar a su país. Luego me sorprendió una pregunta: ¿quiénes son los enemigos de Artigas?, y dediqué seis años de mi vida a estudiar quiénes eran los leales. A veces descubrís una clave: si aplico esta clave, todo aparece ramificado y veo cosas que antes no vi. La última clave que me ha sorprendido es el antes de la Revolución de 1811, ese mundo anterior, un mundo muy desconocido que empecé a redescubrir de a poco y es en lo último que estoy trabajando. 

Como directora del Instituto de Historia de la UCU, ¿cuáles son tus principales desafíos? 

El instituto tiene una larga trayectoria, pero hace unos años que no tiene un alumnado directo. Construir una masa crítica de docentes y de gente que venga a usufructuar lo que ofrecemos fue el desafío de siempre. Luego está el otro desafío, que es mantenerse al tanto de los cambios de nuestra profesión, que son constantes: revisar las historias nacionales, recibir las últimas tendencias historiográficas, estar al tanto de las novedades… es un esfuerzo permanente. 

¿Qué podés decir para atraer a las personas hacia el estudio de la historia? 

En el Instituto de Historia podrán ver una frase de Marc Bloch, que dice que no tiene sentido el conocimiento del pasado por el pasado mismo, si no es desde el presente. Y que, por otra parte, no podés entender nada del presente si no sabés nada del pasado. En mi caso, siempre resolví eso desde mi primera clase, apelando a un viejo poeta francés, Paul Valéry. Él detestaba la Historia y por eso le dedicó lo que él consideraba un insulto —y que para mí es el más soberbio de los elogios— al decir que la historia era la más poderosa química del intelecto. Y siempre les digo eso a mis alumnos: la Historia nunca es inocente, nunca es aséptica, nunca es neutral; está cargada de múltiples contenidos, llena de pujas ideológicas; es la subjetividad esforzándose por ser objetividad. Y narra el pasado, pero siempre narra de forma indirecta el presente de quien narra. Es un espectáculo fascinante. La historia es como ponerse unos lentes 3D: ves el significado y el espesor de cada hecho, de cada personaje, de cada circunstancia del pasado. Eso tiene un colorido y un atractivo únicos. 

Hace unos años escribiste una novela, Todo se pasa, ¿cómo surgió la inquietud por escribir ficción?

Siempre escribí mucho, desde niña, cuentos cortos y poesía, pero luego la Historia creció y opacó todo lo demás. Cuando hice mi primer año de estancia en Salamanca, para el doctorado, tenía mucho tiempo libre porque venía acostumbrada a trabajar mucho y en España había otros ritmos y una cantidad de feriados, entonces la carga no era tanta. A su vez, estaba lejos de lo que más quería en la vida, que era mi madre y mis hijos. Mi madre ya estaba en una cuesta abajo de salud… el fin estaba relativamente cerca, así que tuve la necesidad de escribir algo que recreara su historia. Provengo de un gran matriarcado familiar, mi familia materna era gaditana de pura cepa. Eran seis hermanas y una madre, un montón de mujeres, y la novela fue un homenaje a todas. Ellas moldearon mi vida, mi infancia, mi juventud, mi refranero, mi manera de vestirme, de pensar la vida, de encarar las relaciones… todo por aquellas mujeres con las que fui rotundamente feliz y a las que atesoré siempre. 

Esa novela surgió entonces de una necesidad puntual y personal, pero el ejercicio de la ficción, ¿te dejó ganas de volver a escribir otro libro? 

Sí, siempre tengo en la cabeza ese segundo libro. La ficción es una narrativa muy libre. En Historia vas con un escudo que te protege, que es la vida de los otros. Tú estás allí, pero siempre detrás de la vida de los otros. En cambio, en Literatura vas solito, sin ropas, al frente; eso tiene un vértigo. A su vez, en la ficción podés imaginar. En la historia tenés que imaginar para recrear, pero no para cambiar lo que sucedió; en la literatura sí podés cambiar lo que sucedió: podés hacer justicia póstuma, podés tener rachas de venganzas mezquinas, podés hacer lo que quieras. Esa libertad es desafiante y espléndida. 

Mencionabas que provenís de una familia de muchas mujeres, ¿cuántas mujeres hay trabajando en Historia? ¿Hay un corte de género en tu profesión? 

Creo que vamos siendo cada vez más, como en casi todos los rubros. Es probable que pueda hacerse un corte de género… todo a nosotras nos ha costado más, históricamente. Te cuesta más escribir, te cuesta tener el espacio porque nunca falta alguien que te diga: “bueno, ya escribiste un libro, ahora podés dedicarte a los nenes”, como si alguna vez los hubiera descuidado. Arrastramos la culpa… es una pulsión muy grande entre defender tu libertad personal —tu derecho a querer hacer cosas contigo, con tu cabeza, con tu espíritu, con tu inteligencia— y bueno, el criar a los niños, atender la casa. Esa pulsión existe, manejamos una culpa mayor a la del varón, que es histórica. Hay que saber lidiar con ella y, sobre todo, hay que transmitir la antorcha. A mis dos hijas cada día de su vida les repetí: “tengan una profesión y abracen eso como se abraza la independencia, porque con eso serán dueñas de su existencia y de su voluntad”. 

Me ha tocado ser la primera mujer en un montón de espacios académicos, institucionales. Tuve la suerte de nacer en una casa en la que mi padre me enseñó siempre el valor que tiene abrazar un espacio de vocación y de profesión, se sea hombre o mujer. Y mi madre siempre me tuvo una absoluta confianza; si yo le decía “mamá, mañana voy a tratar de conquistar la luna”, ella me decía “fantástico, esperá que te preparo un refuerzo para que vayas tranquila”. Entre los dos me dieron el respaldo suficiente como para sobrevivir a cualquier escenario. 

¿Qué es lo que te inspira para seguir investigando, para la docencia, para seguir trabajando con la misma intensidad?

Dos cosas. Una es que trabajar para mí es estar en situación de dar, de impartir conocimientos… también de recibir muchísimo a cambio. Y esa situación de dar es hacia los jóvenes. No concibo lugar mejor para trabajar que en el corazón y en la cabeza de los jóvenes. Los jóvenes me siguen enamorando como el primer día, están llenos de posibilidades, de expectativas, de curiosidad. Es un privilegio trabajar con ellos. Y otra cosa es que me conmueve el pasado, que toda esa gente que lo habita estuvo viva como hoy lo estoy yo. Busco devolverles un poco de vida, de intencionalidad, de carnadura… es un ejercicio que siento casi como una obligación moral. Devolverles la voz que la muerte y el olvido les han quitado. Me parece una tarea tan maravillosa que aún me sorprendo de que me la hayan encargado. Me sigue pareciendo un oficio preciosísimo. 


Entrevista: Inés Nogueiras
Foto: Adolfo Umpiérrez 


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