Pasión, rigor y libertad

Facultad de Ciencias Humanas

Pasión, rigor y libertad
Miércoles, diciembre 28, 2016

#historiasUCU

Tomás Linn, profesor veterano de Comunicación, comparte su visión crítica y optimista sobre la formación de periodistas

Llega sin prisa pero sin pausa cada mañana a la Universidad, anda con paso tranquilo y conversa con todos. Muchos sospechamos que está siempre investigando. Tiene una mirada serena, con destellos de picardía, aunque sin dudas la característica fundamental de la mirada de Tomás es la curiosidad. Luego de 27 años dejó de trabajar como columnista del semanario Búsqueda y actualmente es periodista de opinión para medios locales y regionales. Ha sido profesor de treinta generaciones de periodistas y comunicadores uruguayos, muchos de los cuales hemos aprendido a preguntar y a escribir en sus clases. Ha editado varios libros sobre Periodismo, uno de ellos titulado Pasión, rigor y libertad, extensamente consultado por estudiantes y profesionales. Ese título fue el lema que adoptaron los egresados de la última generación de Periodismo: en su último día de clases festejaron por el campus con un gorro con esa inscripción. A continuación presentamos una conversación con Tomás Linn, profesor veterano de Periodismo en la Licenciatura en Comunicación de la UCU. 


En la foto: Tomás Linn

¿Qué es lo que más te gusta del periodismo hoy?

El trabajo hoy es el mismo que antes: recabar información valiosa e interesante, que afecte la vida de la gente y divulgarla. La tarea periodística, quizás con mejor soporte tecnológico, es básicamente la misma. Lo que creo que no tenemos claro los periodistas es qué efecto tiene nuestro trabajo. Yo hace años que escribo una columna: antes tenía determinado público que la leía determinado día y la cantidad de lectores dependía de la cantidad de ejemplares que vendía el diario. Ahora me sorprendo de la repercusión que puede tener una columna que trasciende al día y al diario, porque las personas la comparten, porque se multiplica, porque se lee desde distintos lugares, porque no necesariamente hay que comprar el diario para que se lea.

¿Y qué es lo que más disfrutás del trabajo?

Disfruto de muchas de las cosas que implica ser periodista: conversar, investigar. En los últimos tiempos que hago periodismo de opinión, informarme bien sobre el tema, decidir el tema, por qué quiero escribir sobre este tema… y finalmente lo que más disfruto es escribir.

¿Dónde escribís?

Ah, según el caso. Muchas veces voy tomando notas a mano y en papel, otras veces me siento directamente frente a la pantalla. Lo que sí he ido cambiando es que antes no podía corregir si no era en papel y con el tiempo me he ido habituando a corregir sobre la pantalla, salvo que sea un tema muy sensible donde sí uso el papel, el tachar y el corregir con la birome. Yo disfruto escribir, por ejemplo me voy de viaje y voy escribiendo las experiencias del día a día. 

En épocas en que la tecnología permite que las personas se informen de diferentes maneras, ¿cómo ves el futuro del periodismo y su pertinencia para las sociedades?

Creo que todo este empuje tecnológico brutal y muy acelerado ha alimentado la pertinencia del periodismo. Para la gente es mucho más fácil acceder a información, pero de forma mucho más desordenada. Antes ponías a tal hora tu noticiero, que empezaba por una parte, seguía por otra, pasaba por deportes… o leías el diario, sección por sección; había todo un orden de cómo se presentaban las noticias que daba claridad, generaba rutinas en el público que leía en el desayuno, escuchaba el noticiero de noche, por ejemplo. Y ahora no; ahora abre Facebook y lee una nota que un amigo colgó de The Washington Post o de El País de Madrid y uno la lee ahí, sin que esa nota esté conectada al resto de una página. Pero que hay acceso a la información mucho más amplio que antes, sin dudas. El problema es que todo eso es gratuito. ¿Y por qué es un problema? Porque hay que pagarle a alguien para que trabaje. La gran crisis del periodismo no es falta de público, ni de audiencia ni de lectores, sino cómo se financia todo esto para que haya recursos para contratar buenos periodistas, para poder mandarlos a donde sea que haya que ir. El viejo esquema publicitario en los medios había logrado hacer eso: si había un atentado en determinada ciudad, los medios que tenían recursos, pagaban un pasaje, un hotel, mandaban fotógrafo, camarógrafo, reportero… pero eso hay que pagarlo. La preocupación que tengo es cómo hacerlo; creo que va a haber una solución, pero por ahora no la hay, por ahora no veo ningún modelo que garantice cierta independencia y credibilidad.

El año pasado se estrenó Spotlight, una película que cuenta un caso de una cobertura de un medio que está en una transición, es algo que ocurrió hace 15 años, donde ya hay un montón de instrumentos modernos. Uno lo que ve es una redacción exclusiva de 5 personas que trabajan un tema durante meses y no tocan otro. Y son horas y horas por día buscando información… todo eso tiene un costo. Había un modelo que estaba aceitado y ese modelo se sacudió todo, pero no hay uno nuevo, entonces me parece que es un tiempo donde es mucho más fácil pasarse notas, abrir las redes y entrar a notas de los lugares más insólitos, cosa que antes no ocurría…  pero es tan gratuito que no sé si podemos contar con los recursos adecuados para buenos periodistas. 

The New York Times en papel vendía más de un millón de ejemplares diarios; ahora vende menos, pero tiene muchos más suscriptores; yo soy suscriptor y antes si quería leerlo tenía que ir a Nueva York. Eso es bueno, el acceso es mucho más grande y abierto, pero con la contracara de cómo se paga para hacerlo bien. 

¿Cuál es tu opinión sobre la calidad del periodismo en Uruguay? 

Es una calidad muy despareja: hay cosas que se están haciendo muy bien y hay cosas que no. También hay ciclos: medios que eran muy buenos y decaen y después retoman; hay medios que eran muy flojos y que ahora están más fuertes. Creo que, después de mucho tiempo, empieza a hacerse buen periodismo en canales de cable, cosa que ocurre en otros lados del mundo casi que desde el origen de la televisión por cable. Acá demoró mucho, pero creo que hoy hay en el cable un periodismo bien hecho, inteligente, que está hecho sobre pocos recursos, pero bien manejados. El periodismo televisivo sigue siendo muy flojo. 

¿Tuvo momentos mejores, no?

No sé, no estoy seguro… Individualmente hubo buenos programas periodísticos televisivos, pero no se lograron productos compactos. Hubo buenos programas que aportaron al debate de problemas nacionales, pienso en el rol de Neber Araújo. Hoy solamente un canal abierto tiene este tipo de programas, pero los da en un horario en que nadie puede ver y eso es lo que trata de recuperar la televisión por cable. 

Hace unos días hubo un debate entre los periodistas del país por una conferencia de prensa que no admitía preguntas. ¿Te preocupan estas cosas?

Son cosas que no deberían ocurrir, pero que se pueden manejar. Hay una cierta confusión de parte del convocante, que no sé si es deliberada o no, pero hay que explicarle. Uno tiene que asegurarse de que se trata de una conferencia de prensa, es decir, que el personaje que convoca va a decir lo que quiere decir y después está abierto a preguntas. Si no, no es una conferencia de prensa y lo que va a hacer es una declaración; entonces, como periodista le digo que me pase su declaración y con mucho gusto veo de publicarla. Y que aprenda porque a la próxima no voy, a no ser que acepte preguntas. Esto ha ocurrido mucho: en un año ocurrió como en doce convocatorias y en época de Kirchner en Argentina era normal. No somos aparato de propaganda de nadie. La persona que convoca tiene derecho a decir sus cosas y a no aceptar preguntas, pero entonces no es una conferencia de prensa: mándeme el texto, se lo publico o se lo leo en el noticiero. Punto y aparte. Fue una discusión interesante, sin dudas.

¿Cuántas generaciones pasaron por tus clases?

Yo empecé a enseñar hace 33 años, con un par de interrupciones, así que llevo 28 o 29 años de docencia. Las primeras generaciones son casi contemporáneas mías; tuve estudiantes que hoy son periodistas en todos los lugares y de todas las edades. 

En una entrevista planteabas que cada 5 años las generaciones de Periodismo cambian. ¿A qué te referís?

Más que generaciones, son tandas o camadas, donde los intereses cambian, las actitudes cambian. A veces se nota el deterioro de los niveles de educación de Secundaria, pero ese es un problema externo al estudiante, es parte de lo que está pasando en el sistema educativo uruguayo. Pero es interesante ver la actitud que tienen las distintas camadas ante ese problema: casi todas las camadas reconocen que vienen con baches, pero cambian las maneras de responder “¿qué hacemos con esto?”. He tenido dos o tres años de grupos que son muy conscientes y quieren superarlo. He tenido otros grupos que tienen otras ventajas y otras virtudes, que no son las quizás ideales para estudiar Periodismo, y entonces el desafío es cómo se vuelcan estas virtudes y ventajas para lo que estás formando. Cada 5 años –ese es mi ciclo– tenés que cambiar la cabeza. Al principio te cuesta, no estás entendiendo, pero después te das cuenta: “ah… viene una nueva tanda” y tenés que ajustarte. Eso no significa cambiar lo que querés hacer ni tus objetivos, sino ajustarte  para potenciar modos distintos y nuevos con lo que tú querés lograr como docente. Da trabajo, pero es lo que hacemos.

Hay quienes dicen que el docente, el profesor, el educador es un gran optimista…

Sí, uno apuesta; apuesta a que lo que uno sabe, los conocimientos que uno sabe de su profesión, el estudiante los use en su vida profesional. Yo creo mucho en esa premisa que dice que el hijo tiene que ser mejor que el padre y el alumno tiene que ser mejor que el profesor.

Hace unos meses, Leonardo Haberkorn planteó que estaba cansado de pelear con los celulares y que dejaba de dar clases de Periodismo. ¿Qué pensás sobre su postura?

Es interesante la discusión que planteó Leonardo. En primer lugar, hace una descripción de lo que está recibiendo en el aula y la descripción es correcta: jóvenes muy atados a su celular, no siempre interesados en la actualidad –lo cual, para el que enseña Periodismo, es un problema. Hay algunas cosas que tienen que ver con que ellos usan instrumentos que los profesores más viejos no usan, pero eso no debería ser un problema. A mí me parece que en una universidad, tienen que convivir los que manejan muy bien el instrumental tecnológico lo más actualizado posible, con lo permanente, lo perdurable y lo duradero que lo da el viejo sabio. En nuestra Facultad tenemos un promedio de edad joven, yo rompo –y algún otro profesor–  con ese promedio, pero la sabiduría del veterano mezclada con los otros rinde mucho. Leonardo se cansó –tiene todo el derecho a hacerlo–, se hartó y dijo “no va más”, pero es ahí que discrepo con él porque yo estoy dispuesto a pelearla. 

Este año, a poco de empezar el primer semestre, se me acercaron dos muchachos y con preocupación me preguntaron “¿usted qué opina sobre lo de Haberkorn?” Y me di cuenta de que a medida que yo iba dando mi opinión, los muchachos se iban tranquilizando. Porque ese cansancio de un profesor los tenía mal. Y yo les decía que sí, que usar el celular en clase no corresponde y es una guaranguería… pero cuando no había celular, los estudiantes hacían otras guarangadas, había que poner orden y se arreglaba el problema. Cambian con qué son guarangos [risas], pero no que algún estudiante esté un poco desnorteado en clase y bueno, se pone orden y se acabó el asunto. 

Que los estudiantes no estén tan interesados en temas de actualidad es más preocupante, pero lo que tenemos que hacer es insistir e insistir… el tiempo se va a encargar. Hay muchas cosas que hacemos en clase que el estudiante las valora a los dos o tres años, y hay que pensar con esa cabeza también. Hay cosas que hacemos para más adelante, y hay estudiantes que luego de egresados lo reconocen. Creo que Haberkorn se apresuró un poco. 

En el último día de clases del último año de Periodismo, los estudiantes se identificaron con un gorro que decía tu lema: “pasión, rigor y libertad”. ¿Cómo te sentiste?

La primera sensación fue “algo entendieron” [risas]. Es una frase muy simple, es el título de un libro [de Tomás Linn] sobre Periodismo, que intenta resumir tres conceptos que tienen que estar en la práctica profesional. Que ellos lo hayan valorado como un distintivo me dio satisfacción y quiere decir que entienden de qué se trata esto. 


En la foto: El gorro utilizado por los estudiantes de 4° año de Periodismo durante su último día de cursos

¿Cómo te sentís en el rol de veterano sabio en la universidad?

Yo tengo muchos años en esto y, como en toda institución hay ciclos. Hubo un momento en que yo me fastidié mucho y me fui porque no me gustaba cómo se estaban haciendo las cosas. Fue poco tiempo, dos años en los que siempre tuve la sensación de que era una decisión en la que no me había equivocado, pero en el fondo no había querido tomarla. Por eso me gustó mucho cuando hubo cambios y me volvieron a llamar. Que yo esté contento y cómodo con ese rol, en realidad tiene que ver con cómo la Facultad está encarando las cosas: no es que yo esté cómodo, más bien es que a mí me hacen sentir cómodo por la manera de funcionar y de trabajar, donde mi rol sirve. Eso se lo debo a otros: no es que yo esté cómodo, me hacen sentir cómodo, que es más importante.

¿Cómo te ves en el futuro?

Si me proyecto, creo que cuando llegue a la edad de jubilarme, va a ser difícil que quiera dejar las clases. Me gusta, me gusta... Cuando dejé de trabajar en el semanario [Búsqueda], aquí empecé a hacer algunas otras actividades, como el sitio “Periodismo en Diálogo” en la web de la UCU y estoy armando un manual a partir de los ayuda memoria de mis cursos. Me pasa algo muy curioso: cada año tengo la sensación de que doy las clases mejor, la experiencia profesional me ayuda a dar mejores clases. Pero la edad hace que me quede muy largo el semestre... llego cansado al fin de cursos. Pero bueno, si me proyecto hoy, me va a costar mucho dejar la docencia. 

Nota: Graciela Rodríguez-Milhomens

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