Director de UNESCO visitó la UCU

Director de UNESCO visitó la UCU

Jueves, setiembre 8, 2022

Por Victoria Fernández*

Creció en Costa de Marfil, África, en una familia de 26 hermanos. Su madre estaba decidida a enviarlo a la escuela, pese a la oposición de su padre. Sabía que la educación le abriría oportunidades. Vendió frutas y verduras en el mercado del pueblo y reunió el dinero para pagar los gastos. No estaba equivocada. 

Yao Ydo es hoy el director de la Oficina Internacional de Educación de la Unesco, que tiene su sede en Ginebra, Suiza. Cuando terminó la universidad en Burkina Faso obtuvo una beca para seguir sus estudios de posgrado en Francia. Durante un empleo de verano mudando oficinas en la Unesco, un encuentro afortunado en el ascensor hizo que le ofrecieran una pasantía en el organismo y luego un puesto en la oficina de Mali.  

Con su historia de vida como ejemplo, Ydo dedica todos sus esfuerzos a mejorar las posibilidades de acceso a la educación de niños y niñas y también jóvenes. Para eso no basta con construir escuelas. Implica asegurar que puedan aprender en sus idiomas maternos, que no se interrumpan las clases ante pandemias o catástrofes naturales, que los métodos de enseñanza estén aggiornados a las nuevas generaciones, que se preserven las culturas locales mientras se forma a los jóvenes para ser ciudadanos globales. 

“Necesitamos transformar no solo el contenido del aprendizaje, sino los métodos y la pedagogía, para adaptarla a las nuevas generaciones, que están llenas de creatividad. No quieren memorizar cosas. Quieren que creemos las condiciones para que ellos puedan reflexionar y resolver problemas”, dice Ydo. Asegura que prohibir los celulares en clase es un error. “Porque hoy todos los jóvenes pasan más tiempo en su celular que en cualquier otra cosa. Entonces, si quieres que aprendan, ponlo en el teléfono”.

Es la segunda vez que Ydo viaja a América Latina, aunque siente que es la primera: estuvo en Brasil pero solo en la sala de conferencias de un hotel. Esta vez, tuvo tiempo de recorrer Montevideo y de probar la gastronomía local antes de seguir su viaje hacia Buenos Aires. Llegó a la capital uruguaya a conocer más sobre la Cátedra Unesco en Educación Híbrida de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), porque quiere replicar la exitosa experiencia en otros países. Está convencido de que es necesario fomentar la cooperación sur-sur entre África y América Latina, ya que comparten desafíos y se beneficiarían de conocer las soluciones y experiencias mutuas. 

Yao Ydo

Nació en Costa de Marfil, en una familia muy numerosa. ¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?

Cuando era el momento de cenar o almorzar. Nos sentábamos alrededor de un gran plato con comida en el medio. Éramos tantos, 26 niños, que tenías que apurarte. Mi padre tenía cuatro esposas y 26 hijos. Si demorabas, ya era demasiado tarde para vos. Durante la noche, como no teníamos electricidad en el pueblo, no había luz. Teníamos solo dos o tres lámparas y tenías que esperar. Cuando tu madre terminaba de cocinar te llevabas la luz para estudiar tus lecciones. Era una vida muy simple, no teníamos muchas cosas para divertirnos, pero éramos muy felices. Estábamos siempre juntos con las otras familias, podías ir a cualquier casa a comer. Eso es algo que ya no existe, hospitalidad, solidaridad, comunidad. Son valores que están desapareciendo con el desarrollo y soy muy nostálgico sobre esos momentos. 

Su madre tuvo un rol decisivo en su educación. ¿Por qué cree que estaba tan determinada a enviarlo a la escuela?

Quizás era una intuición. En nuestra cultura pensamos que las mujeres son más intuitivas que los hombres. Mi padre quería que fuera a la escuela coránica. Pero mi madre quería que fuera a la escuela y mi padre dijo que él no lo pagaría. Mi madre no se desalentó; fue al mercado a vender cosas, tomates, pimientas, cebollas, para conseguir los fondos para pagarlo. Quizás sintió que yo sería un buen estudiante. Y fui un muy buen alumno. Era claro para ella que si iba a la escuela un día me convertiría en lo que soy hoy. Cuando hablo de mi madre me pongo triste, porque ella murió apenas terminé mis estudios, antes de que empezara a trabajar en Unesco. Me hubiese gustado que viera su logro, pero desafortunadamente no pudo. Tengo mucho respeto por las mujeres. En mi oficina trabajan más mujeres que hombres y veo a mi madre a través de todas ellas.

Fue a la universidad en Burkina Faso y después se mudó a Francia para continuar sus estudios. ¿Cómo fue la experiencia del cambio cultural?

El shock climático fue fuerte. Llegué a París en octubre, había entre 5 y 10 grados y yo venía de Burkina Faso con 35 gados. Y una cosa que culturalmente me shockeó fue que en África no comemos con la mano izquierda. No haces nada con la mano izquierda, no es bueno. En el restaurante ponían el tenedor en la izquierda y el cuchillo en la derecha. Entonces los cambiaba de lugar y los colegas de Francia me decían que debía usar la izquierda. Lo otro que fue difícil es que vivía en los dormitorios para estudiantes de la universidad, y cuando saludaba no me respondían. Me impactaba porque en mi cultura le dices buenos días a todos; estaba un poco perdido, sin ningún contacto humano. El comienzo fue muy difícil. Más tarde hice amigos.

¿Cómo empezó a trabajar en la Unesco?

Debo decir que creo en las casualidades; era estudiante y estaba buscando un trabajo para las vacaciones. Logré un empleo en Unesco como trabajador de mudanzas. Un día estaba empujando un carro con computadoras y carpetas que llevaba de una oficina a otra, y un hombre entró junto a mí al ascensor. Me preguntó desde cuando trabajaba allí en mudanzas y le dije que en realidad era un estudiante, que ese era mi trabajo de verano. Le conté que estaba haciendo mi doctorado en educación, sobre la alfabetización de adultos en países en desarrollo. Él iba al cuarto piso, cuando llegó me dio su tarjeta personal y me dijo que lo llamara. Cuando miré la tarjeta, decía “Director de Alfabetización en Unesco”. Al día siguiente lo llamé y fui a verlo. Le dije que quería hacer una pasantía. Me dijo que como pasante en la ONU no hay remuneración. ¿Cómo iba a vivir? De todas maneras, hice mi postulación y empecé a trabajar con él. Cuando se abrió un puesto en Unesco Mali, me pidió que postulara y tuve suerte de que el jurado me seleccionó. Así entré a Unesco, de casualidad. Eso me enseñó a tener humildad. Que aceptara un trabajo en mudanzas cuando estaba terminando mi doctorado, eso le impresionó. Si yo no hubiera sido lo suficientemente humilde, no estaría en la Unesco hoy. Cuando hablo con personas jóvenes siempre les digo que sean humildes. La humildad los va a hacer crecer. 

Trabaja en promover la conservación de las lenguas locales. ¿Por qué cree que es tan importante?

En África, ocho de cada diez niños empiezan la escuela en un idioma diferente al que hablan en la casa. Es una gran desventaja. Yo hablo mi lengua materna, pero fui a la escuela en francés. El primer día de escuela estaba perdido. Imagina un niño que el primer día de clase la maestra empieza a hablarle en francés. Esa es la situación de millones de niños africanos. Tienen que luchar para entender lo que la maestra está diciendo, para conceptualizar, y luego ser capaces de expresarse. Si logra tener éxito y aprender, ¿sabes el esfuerzo que eso le ha significado? Tenemos muchos abandonos debido a eso. Además, el lenguaje y la cultura están conectados. El idioma es el mejor vehículo para la cultura. Cuando sacas al idioma, sacas la cultura. Por eso yo solía decir que las escuelas eran el cementerio de las culturas africanas. Porque las escuelas no promueven las culturas. Deben aprender francés, inglés. Soy un defensor de que cada niño tenga la oportunidad de empezar la escuela en el idioma que habla en su casa. Es la mejor manera de que aprenda rápidamente. Y es un tema de derechos humanos. Unesco ha llevado a cabo muchas experiencias piloto y todas han mostrado que cuando un niño empieza la escuela en su idioma, aprende más rápido y se desempeña mejor. 

Latinoamérica comparte desafíos con África en cuanto a desarrollo, inequidad, educación. ¿Cree que ambas regiones podrían beneficiarse de una relación más estrecha?

Definitivamente. Los desafíos que enfrentan son muy parecidos. Lo bueno es que tanto en África como en Latinoamérica hay buenas prácticas y experiencias. Pero las buenas lecciones de África no se conocen en América y lo mismo al revés, porque no hay comunicación. Por eso vine aquí, porque quiero que los resultados del proyecto en la UCU puedan ser usados por las universidades africanas. Creemos mucho en la cooperación sur-sur. Queremos que desde la UCU vayan a África, a las universidades de Senegal, del Congo, a capacitarse. Queremos facilitar el intercambio de experiencias porque es una de las mejores maneras de avanzar. 

Su trabajo está enfocado en promover la transformación de la educación. ¿Por qué debemos transformar la forma en que enseñamos a los niños y jóvenes? 

Las necesidades de niños y niñas han cambiado. En el pasado, e incluso en la actualidad, la pedagogía del aprendizaje está basada en memorizar. Queremos que los profesores vengan a clase, y los alumnos estén sentados, escuchándolos. No hay ningún espacio para la creatividad. En mi tiempo éramos muy pacientes, podíamos sentarnos y escuchar a la maestra concentrados. Pero los jóvenes de hoy no pueden sentarse en clase y concentrarse en algo por mucho tiempo. Tenemos que tener eso en cuenta. Otra cosa que tenemos que incorporar son los smartphones. En muchos países los teléfonos están prohibidos en la clase. Pero no es la solución. La solución es reflexionar sobre cómo usar los teléfonos para facilitar el aprendizaje. Porque hoy todos los jóvenes pasan más tiempo en su celular que en cualquier otra cosa. Entonces, si quieres que aprendan, ponlo en el teléfono. Y tendrás su atención. Necesitamos transformar no solo el contenido del aprendizaje, sino los métodos, la pedagogía, para adaptarla a las nuevas generaciones, que están llenas de creatividad. No quieren memorizar cosas. Quieren que creemos las condiciones para que ellos puedan reflexionar y resolver problemas. Tenemos que ponerlos a trabajar en grupos, pensar en formas innovadoras de hacer que intercambien ideas y construyan el conocimiento de forma colectiva. No más aprendizaje individual. Incluso la forma en que los distribuimos en el salón debe cambiar. Las competencias del siglo XXI están basadas en las habilidades digitales. Necesitamos revisar qué tan bien las estamos promoviendo. Cómo hacer para capacitarlos en eso, en vez de prohibirlo. ¿Y sabes qué? También tenemos que transformar el rol de los maestros. El maestro ya no es la persona que sabe todo y viene a enseñar. No, tiene que facilitar el aprendizaje. Los estudiantes no pueden ser considerados como personas que no saben nada. 

Tienen toda la información en su celular... 

Hoy la información está en todas partes. ¿Cómo los estamos acompañando sobre la base de ese conocimiento que ya tienen? La función de los profesores debe cambiar y convertirse en un facilitador del aprendizaje. Un chico nos comentó: “¿Por qué quieren que nos sentemos en una clase por ocho horas escuchando cosas que podemos encontrar con un click en Google?”. Estamos desperdiciando su tiempo. También es necesario desarrollar currículos verdes y azules. Queremos que la nueva generación sea más sensible al cambio climático, a la protección del medio ambiente, del agua. Se requiere una transformación de los contenidos, de los procesos y de los métodos de aprendizaje. 

Usted alienta a que se escuche más a niños y jóvenes al momento de diseñar los contenidos y métodos de aprendizaje. ¿Lo que acaba de describir tiene que ver con las demandas que recibe de ellos? 

Definitivamente. Para dar un ejemplo, en setiembre es en Nueva York la Cumbre sobre la Transformación de la Educación. El secretario general de las Naciones Unidas invitó a todos los jefes de Estado, a todos los ministros de Educación. Van a discutir sobre cómo transformar la educación para el futuro. Pero no hay personas jóvenes en la conversación. Son solo jerarcas como yo, con sus corbatas, que se sientan y hablan sobre el futuro de la educación. No sabemos de lo que estamos hablando. Tenemos que traer a los jóvenes. Y esa juventud no está interesada en sentarse en la mesa a conversar, tenemos que abrir discusiones on-line. Eso es lo que les interesa. Esto significa que la recolección de información también debe transformarse. Tenemos que encontrar formas de escuchar la voz de la juventud, hacer que sean parte de la reflexión hacia el futuro.

¿Los currículos deberían ser diseñados con un foco en las realidades locales o con una perspectiva global?

Ambos. El currículo debe tomar en cuenta las culturas y las necesidades locales, los empleos que hay disponibles, los valores que forman parte de la comunidad. Pero también deben enfocarse hacia lo que llamamos una “ciudadanía global”. Porque hoy hay valores que deberían ser compartidos por todos los ciudadanos: derechos humanos, democracia, respeto al medioambiente. Y las habilidades digitales, que son competencias de los ciudadanos globales que todos deberían tener, los idiomas internacionales. Hoy el mundo se ha convertido en global. Hay estudiantes de Senegal que estudian en universidades de Washington, Chicago o París. Son alumnos on-line. La aspiración de la juventud hoy es ser ciudadanos globales. Moverse. Tenemos que darles las competencias para que sean capaces no solo de abordar las necesidades de sus entornos locales, sino también cuando salen afuera.

Su oficina lanzó recientemente un proyecto sobre educación híbrida, que está basado en la idea de que la educación presencial y a distancia son complementarias. ¿Cuáles son los principales beneficios del modelo de aprendizaje híbrido? 

Durante el covid las escuelas estuvieron cerradas durante meses en muchos países del mundo. En ese período, más del 98% de los estudiantes en el mundo desarrollado continuaron la escuela. Porque tenían la tecnología, la energía eléctrica y los profesores estaban entrenados para la enseñanza virtual. Pero solo de 3 a 5 % de los estudiantes en los países en vías de desarrollo pudieron continuar su educación. Porque no tenían las tecnologías, electricidad o Internet, y los profesores no estaban preparados. Estamos promoviendo la educación híbrida para la resiliencia del sistema educativo, para construir un sistema que pueda resistir pandemias, catástrofes naturales… La educación híbrida va a ser el modelo de educación del mañana. Mencioné a los estudiantes que están en Senegal, estudiando en universidades de Chicago aunque nunca fueron allí. Todo es a distancia. Proponemos lo híbrido como forma de complementar el cara a cara, y para reducir la desventajas si la escuela tiene que cerrar. Tenemos que aprender la lección que nos dejó el covid. En la UCU hemos abierto la primera Cátedra Unesco en Educación Híbrida, y esa es una de las razones por las que vine, porque queremos promoverlo en muchos países. Uruguay tiene lecciones muy importantes de las que podemos aprender en educación, y queremos capitalizar sobre ellas. 

 

*Victoria Fernández es Alumni UCU y acaba de ganar la Beca Chevening para hacer una maestría en Género, Medios y Cultura en London School of Economics

 

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