Solidaridad en la pandemia

Solidaridad en la pandemia

Viernes, junio 12, 2020

Estudiantes y recién egresados de la UCU se comprometen con los vecinos del barrio Plácido Ellauri a través del curso “Acercamiento a la Intervención Social”

La pandemia del COVID-19 está afectando especialmente a las personas con menos recursos. Frente a esta situación, el programa de Extensión y Servicio a la Comunidad ha tenido que buscar caminos para dar una respuesta significativa a aquellos que lo necesitan y adaptar la práctica de la extensión universitaria a esta coyuntura.

“La práctica de la extensión universitaria es, casi por naturaleza, de terreno, en el terreno- señalan desde el programa de extensión- Lo que da razón de ser a la experiencia de aprendizaje es la salida hacia afuera. Por ello la pandemia – el no poder desplazarte, evitar el contacto-, complica mucho las cosas. No nos queda otra que rompernos la cabeza preguntándonos qué podemos hacer, contando solo con un principio básico, una premisa irrenunciable, que es el encuentro con el otro. Ese ha sido el norte de nuestra creatividad a lo largo de estos meses, sabiendo que el encuentro no sería como querríamos pero que ese encuentro guiaría nuestro camino para buscar ese “horizonte de comprensión”, en palabras de Richard Danta”. 

Luana Cordeiro (21, cuarto de Psicomotricidad), Micaela Chocho (24, egresada de Psicología) y Mateo Rovere (23, cuarto de Ingeniería audiovisual) son algunos de los estudiantes o recién egresados que acompañan a los estudiantes UCU en la asignatura “Acercamiento a la Intervención Social”. Todos tuvieron una experiencia previa como extensionistas que los llevo a colaborar en este curso.

“Acercamiento a la intervención social es una materia semestral en la que participan estudiantes extranjeros y uruguayos”, señala Luana. “Está bueno porque trabajan en equipo y hay un intercambio de culturas y de carreras. Tienen una clase teórica a la semana, hoy en día por Zoom, y luego van al barrio un día a la semana al centro Estrellita”. “La clase se separa en grupos y cada grupo tiene un referente que los guía y los acompaña en el semestre. Somos como algo intermedio entre el profesor y el estudiante. Somos un par”, señala Mateo.

“En mi caso”, indica Luana, “voy al barrio desde hace ya cuatro años”, señala Luana. “Empecé como estudiante coordinada por Mercedes Clara. Plácido Ellauri queda muy cerca de Marconi, en lo que es cuenca de Casavalle. Tiene muchas características de lo que entendemos como contexto crítico. Hay pobreza, las calles son pasajes, a veces no entran los autos.... Yo me siento bienvenida en el barrio y me siento en un ambiente distinto, cálido, como una más. Cuando vas los fines de semana los vecinos están fuera y están tomando mate y la gente te saluda”. 

“Con el barrio hay una relación porque hace dos años que estamos allá”, concuerda Mateo. “Conocemos el barrio, a los referentes, a los vecinos, los sábados se va a colaborar con una olla, los referentes de la UCU van… hay un vínculo latente que ayuda a aceitar la actividad”.

“Hay una cultura de barrio en la que la escuela no es la prioridad, pasan otras cosas, a la escuela se va cuando se puede” señala Luana. “A veces los estudiantes no tienen la ropa o los materiales. Desde la neurociencia se señala que todos estos factores externos generan una especie de dislexia, como si tuvieran alteraciones de aprendizaje por falta de estímulos, alimentación inadecuada…. Hacemos lo que podemos para que las familias se involucren y venga el gusto por aprender a aprender, por lo matemático, por el lenguaje. Intentamos acercar al niño a actividades que logren un aprendizaje significativo”.

“En el inicio del proyecto” señala Micaela “contactamos a referentes del barrio para que los estudiantes pudieran dialogar con ellos y entender las necesidades de la comunidad. Son vecinas del barrio, profesionales que trabajan en el SOCAT, maestras comunitarias… gente que conoce muy bien el barrio y muy implicada. Dividimos a los estudiantes en cinco grupos, en los cuales dos trabajan actividades relacionadas con la convivencia, dos sobre educación emocional y uno sobre aprender a aprender. Los alumnos investigaron y evaluaron con qué recursos se contaba en la comunidad, para ver qué era realista hacer y qué no”. 

Una vez hecho esto, los cinco grupos han armado materiales que se entregan en las próximas cinco semanas. “Aprender a aprender era como antes le llamábamos a apoyo escolar” señala Luana. “Pero le cambiamos el nombre porque va más allá de enseñar matemática y lengua. No queríamos hacer los clásicos cuadernos de matemática y lenguaje porque muchos de los niños sienten un rechazo hacia la escuela. Caerles con un libro de ejercicios matemáticos no sumaba, lo que trabajamos es la motivación, el interés del niño”. 

“En el grupo que acompaño” continúa Luana “tengo una estudiante austriaca que estudia Psicología, otra alemana que estudia Humanidades y dos uruguayos que estudian Educación Inicial y Recreación Educativa. Los estudiantes propusieron un formato de carta. Son cuatro cartas, una por estudiante. Las hicimos por rangos de edades adaptadas: una de 2 a 6 años, con imágenes y letras mayúsculas, palabras simples, para que las lean con un adulto, que sean lindas de ver; y otras de 6 a 8 años con imágenes, con temas de interés para el niño y con espacios para escribir y dibujar lo que les gusta hacer, y una presentación de los estudiantes, anticipando que lo van a hacer hasta que termine el semestre. Imprimimos 388 ejemplares con una impresora a color y los empezamos a distribuir el pasado sábado”.

“En mi equipo” señala Mateo “lo que armamos fue un libro con juegos. El objetivo es posibilitar un espacio lúdico en la familia, con un trivia familiar que hace preguntas sobre los integrantes de la familia. Formulamos preguntas para sacarlas en un gorro e ir respondiendo, y actividades con mímica para trabajar las relaciones”.

“En mi equipo trabajamos con los gurises habilidades emocionales, inteligencia emocional, cómo reconocer las emociones, como vincularse…. Las maestras nos agradecían el material porque entienden que que tiene un gran potencial no solo en este contexto sino posteriormente”, señala Micaela.

Cada semana se entrega una parte del material del proyecto, planteados para que haya un ida y vuelta, a través del teléfono y con base en una relación ya establecida. El confinamiento ha supuesto un auténtico desafío para la asignatura. “Nos comunicamos con familias. Nuestro objetivo son los niños, pero trabajando con las familias”, afirma Mateo”. “Antes se iba físicamente y ahora por, la situación de confinamiento, no se puede” continúa Luana. “Los viernes imprimimos todos los materiales y lo llevamos los sábados al barrio para que se distribuya en el momento de olla popular a los niños. La idea es comunicarse a través de estas actividades y a través de la tecnología, tanto por papel como con el celular”. “Usaremos Whatsapp para comunicarnos con las familias y que nos den una devolución de cómo les fue, cual les gusto más, si lo recomendaran… para seguir generando propuestas”, concluye Mateo.

Todos los materiales producidos por los estudiantes se entregan en la distribución semanal de canastas del SOCAT, y junto a la entrega de bandejas solidarias que realiza el grupo de vecinas del barrio Placido Ellauri, que el Programa de Extensión y servicio a la comunidad apoya desde el inicio de la pandemia. A lo largo de este tiempo, las vecinas han distribuido doscientas siete canastas y más de mil bandejas. Aquellas personas interesadas en apoyar a estas mujeres pueden hacerlo en este enlace. 

 

 

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